Ania Toledo

Mujeres pintoras que se dediquen al paisajismo con éxito son pocas en Cuba, no es secreto para nadie. Cuando se piensa en el paisaje de artistas cubanos emerge un nombre por excelencia, Tomás Sánchez, un verdadero maestro. Su trabajo depurado, exquisito y renovador causa demasiadas sensaciones para no recurrir a él, si de referentes se trata.

Pero como toda regla tiene su excepción, Ania Toledo ha sabido ganarse un nombre, una reputación como paisajista de altos quilates en la Mayor de las Antillas. Espirituana de nacimiento, desde los años 90, momento en que comenzó su carrera artística, la naturaleza en su estado más puro, más cierto y efectivo ha sido el escenario inmediato, el latido principal de su obra, la condición primigenia de sus tonalidades.

Las creaciones de Toledo tienen un elemento en común más allá de los escenarios campestres: la mezcla de los colores ocres junto con el verde. Surge así una atmósfera natural e intimista, los ojos perciben la pieza como real, como si de veras estuvieras frente al escenario descrito y no fuera un cuadro con determinadas dimensiones. La impresión es extraordinaria, la artista permite llenar los sentidos con una belleza que reconecta al hombre con su estado natural. Ania Toledo es una mujer que nos permite soñar una y otra vez el paisaje como nuevo.

Su obra no se parece a la de ningún otro pintor. Esa pincelada intencionada, fácil y manida no se encuentra en sus piezas, más bien perfila la intención hacia una vegetación exuberante. Cada rama, tronco u árbol aparen trabajados con sumo detalle y perfección, como si trasladara sus raíces y esperara a que germinaran en la obra. La parte que conduce al todo, es la esencia máxima de su quehacer creativo.

La mano humana que destruye y erosiona los bosques no aparece en sus insinuaciones pictóricas. Los ambientes artísticos emergen en su estado más virgen e impoluto, en donde podemos sumergirnos para encontrar paz en un mundo cada vez más complejo y retador. La sensación de humedad, la presencia de la sombra como elemento natural son otros de sus recursos para trasladarnos hacia ese paraíso ideal, que nos calma de inmediato.

Detrás de todas esas intenciones, la Toledo pretende hacernos escapar de lo cotidiano, de la vida común, de las ramificaciones que nos desgastan y sentir, sí, sentir y respirar ese aire necesario en sus obras, bañarnos en sus ríos, sonreír en las veredas, conectar con el pasado, a fin de cuentas, vinimos a este mundo para ser felices. La autora de Camino al Isazu lo recuerda una y otra vez utilizando el paisaje como estímulo para la memoria visual.

Mujeres pintoras que se dediquen al paisajismo con éxito son pocas en Cuba, no es secreto para nadie. Cuando se piensa en el paisaje de artistas cubanos emerge un nombre por excelencia, Tomás Sánchez, un verdadero maestro. Su trabajo depurado, exquisito y renovador causa demasiadas sensaciones para no recurrir a él, si de referentes se trata.

Pero como toda regla tiene su excepción, Ania Toledo ha sabido ganarse un nombre, una reputación como paisajista de altos quilates en la Mayor de las Antillas. Espirituana de nacimiento, desde los años 90, momento en que comenzó su carrera artística, la naturaleza en su estado más puro, más cierto y efectivo ha sido el escenario inmediato, el latido principal de su obra, la condición primigenia de sus tonalidades.

Las creaciones de Toledo tienen un elemento en común más allá de los escenarios campestres: la mezcla de los colores ocres junto con el verde. Surge así una atmósfera natural e intimista, los ojos perciben la pieza como real, como si de veras estuvieras frente al escenario descrito y no fuera un cuadro con determinadas dimensiones. La impresión es extraordinaria, la artista permite llenar los sentidos con una belleza que reconecta al hombre con su estado natural. Ania Toledo es una mujer que nos permite soñar una y otra vez el paisaje como nuevo.

Su obra no se parece a la de ningún otro pintor. Esa pincelada intencionada, fácil y manida no se encuentra en sus piezas, más bien perfila la intención hacia una vegetación exuberante. Cada rama, tronco u árbol aparen trabajados con sumo detalle y perfección, como si trasladara sus raíces y esperara a que germinaran en la obra. La parte que conduce al todo, es la esencia máxima de su quehacer creativo.

La mano humana que destruye y erosiona los bosques no aparece en sus insinuaciones pictóricas. Los ambientes artísticos emergen en su estado más virgen e impoluto, en donde podemos sumergirnos para encontrar paz en un mundo cada vez más complejo y retador. La sensación de humedad, la presencia de la sombra como elemento natural son otros de sus recursos para trasladarnos hacia ese paraíso ideal, que nos calma de inmediato.

Detrás de todas esas intenciones, la Toledo pretende hacernos escapar de lo cotidiano, de la vida común, de las ramificaciones que nos desgastan y sentir, sí, sentir y respirar ese aire necesario en sus obras, bañarnos en sus ríos, sonreír en las veredas, conectar con el pasado, a fin de cuentas, vinimos a este mundo para ser felices. La autora de Camino al Isazu lo recuerda una y otra vez utilizando el paisaje como estímulo para la memoria visual.