Diego Torres

La paisajística insular, diversa y extensa tanto en el pasado como el presente, cuenta con obras del joven pintor Diego Torres en los que el mar, la calma y un cuidado exquisito por la composición son una particularidad. Él ha logrado colocarse en un lugar adelantado dentro de la actual promoción de paisajistas cubanos. 
 
En algunos de sus cuadros se manifiesta en forma explícita el influjo que ha tenido en su obra un clásico del género como el norteamericano Andrew Wyeth. No me refiero tan sólo a una semejanza en los planos compositivos o a una referencia objetual directa incluso, sino a una especie de reapropiación a conciencia de las atmósferas empleadas de manera habitual por este artista.  
 
Se trata, básicamente, de la inserción de tonalidades sepias, ajenas por completo a las imperantes en nuestro medio, con las cuales el artista se propone atenuar el predominio de lo pintoresco, de lo estridente convertido ya en cliché de nuestra insularidad, para crear una sensación de extrañamiento.
 
Graduado de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro en 1996, en entrevista afirmaba Torres: "Desde niño me gustaba dibujar, todo lo que veía, pero uno no toma la decisión de hacerse artista hasta que no adquiere cierta madurez, no creo en eso que algunos dicen 'yo pinto desde niño'. Pienso que uno debe crecer pues esta es una profesión muy seria y no creo que un niño tenga esa capacidad de decisión, desde luego la vocación si tiene que existir a cualquier edad".

Páginas

La paisajística insular, diversa y extensa tanto en el pasado como el presente, cuenta con obras del joven pintor Diego Torres en los que el mar, la calma y un cuidado exquisito por la composición son una particularidad. Él ha logrado colocarse en un lugar adelantado dentro de la actual promoción de paisajistas cubanos. 
 
En algunos de sus cuadros se manifiesta en forma explícita el influjo que ha tenido en su obra un clásico del género como el norteamericano Andrew Wyeth. No me refiero tan sólo a una semejanza en los planos compositivos o a una referencia objetual directa incluso, sino a una especie de reapropiación a conciencia de las atmósferas empleadas de manera habitual por este artista.  
 
Se trata, básicamente, de la inserción de tonalidades sepias, ajenas por completo a las imperantes en nuestro medio, con las cuales el artista se propone atenuar el predominio de lo pintoresco, de lo estridente convertido ya en cliché de nuestra insularidad, para crear una sensación de extrañamiento.
 
Graduado de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro en 1996, en entrevista afirmaba Torres: "Desde niño me gustaba dibujar, todo lo que veía, pero uno no toma la decisión de hacerse artista hasta que no adquiere cierta madurez, no creo en eso que algunos dicen 'yo pinto desde niño'. Pienso que uno debe crecer pues esta es una profesión muy seria y no creo que un niño tenga esa capacidad de decisión, desde luego la vocación si tiene que existir a cualquier edad".